
En el fondo, tiene un mérito tremendo rodar una película de hora y media con 73 inviernos. Es innegable. El problema es que la firma un tal Woody Allen que, a su edad, no se da cuenta de que seguir facturando a ese ritmo, una cinta por año, es tan insensato como contraproducente. Lo único que consigue es añadir títulos anodinos a un currículum hasta hace poco brillantísimo.
Aquí ya dimos cuenta de cómo su carrera se deslizaba por un tobogán de mediocridad a base de trabajos como El sueño de Casandra y, aún peor, Vicky Cristina Barcelona. Ni siquiera la huelga de guionistas impidió a Allen acudir fielmente a su obsesiva cita en este 2009: y así, hace algún tiempo (pedimos disculpas por el retraso en la crítica), despachó esta Si la cosa funciona (Whatever Works), a partir de un guión de los 70. O eso dice él, porque el libreto podrá ser de hace 30 años… pero esta película habla, desde el primer minuto, el balbuceante idioma de los últimos films del neoyorquino. Sí desprenden un sabor añejo el constante hablar a la cámara del protagonista, o el regreso al personaje arquetípico tan alleniano del hipocondríaco, intelectualoide, misántropo, cobarde y muy judío sujeto que vive encerrado en un mundo paralelo poblado de microbios, prejuicios, disertaciones eternas y desplantes verbales. Ahí sí detectamos al Allen de tiempos pasados.
Ocurre, sin embargo, que la historia no es buena. No seducen los padecimientos de este alter ego en cuya monótona existencia irrumpe un buen día una joven paleta sureña (el doblaje en español es nefasto, salpicando el diálogo de “-aos” por “-ados”), que trastoca sus planes, y a la que siguen la mamá, primero, y el papá, después, ambos para experimentar cambios radicales. Hay unas cuantas líneas de diálogo graciosas, marcas de la cosa, especialmente cuando el protagonista, Boris Yelnikoff, saca a relucir su vena más borde y rancia, pero no consiguen elevar un vuelo que tiende a ser más bien rasante.
Y ese es el gran problema de Si la cosa funciona: que transcurre sin pena ni gloria. ¿Está mal? No. ¿Está bien? Tampoco. Es sencillamente prescindible, y eso es algo que asusta. ¿Podemos prescindir de Woody Allen? Tal vez sí. Tal vez el recurso del DVD, de volver a sus obras maestras de siempre, sea la mejor opción. El problema es que él no se da por enterado. Y pone la función sobre los hombros de Larry David, famosísimo en USA por crear Seinfield y, ahora, la serie de culto Curb your enthusiasm, donde hace de sí mismo; pero todo un desconocido (o casi) fuera de su país. Un tipo bastante alleniano pero también no poco cargante. Le da la réplica la aún verde Evan Rachel Wood y sale además Henry Cavill, visto en Los Tudor y, tal vez, propuesto por Johnny Rhys-Meyers.
¿Es necesario ver Si la cosa funciona? Lamentablemente, no demasiado. Puede verse, pero se olvidará pronto, salvo para los auténticos fans de Allen que, pobres de nosotros, seguimos acudiendo, año tras año, a la sala de cine con la esperanza de que otra Match Point, otro fogonazo de brillantez, sea aún posible. En esta ocasión, no ha habido suerte…

