Posteado por: Pablo | Noviembre 10, 2009

Moon

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Para abrirse camino en esa jungla que es la industria del cine, no vienen mal ni una mano amiga ni una pizca de suerte. Duncan Jones se topó con la segunda y un servidor no está del todo seguro si contaba con la primera. Digamos que, siendo hijo del cantante David Bowie, es posible que o bien papá le abriera alguna puerta o su parentesco con un famoso del artisteo obrara a modo de primer empujón. O tal vez no: tal vez el pobre Duncan ha tenido que luchar toda su vida (38 años tiene) contra el prejuicio de ser “hijo de”. En cuanto a la suerte, al parecer la ya superada huelga de guionistas, que coincidió con su rodaje, le vino de perlas: con el resto de proyectos paralizados, y a pesar de ser el suyo de modesta envergadura, pudo disponer de algunos de los mejores efectivos del departamento de efectos especiales de los Estudios Shepperton.

Y no es cuestión baladí esta última, teniendo en cuenta que Moon (2009), como su nombre ya nos hace barruntar, discurre por los senderos de la ciencia-ficción. Por cierto que los citados efectos son impecables y, sin duda, contribuyen a elevar la categoría del producto. Dicho de otra forma: lo que era un buen guión, con un interesante planteamiento y un más que sugerente desarrollo, creció exponencialmente al no verse obligado el amigo Duncan a colocar unas cuantas cajas de cartón a modo de base lunar. Ahí, en la base, es donde vive nuestro protagonista, Sam Bell, el único encargado de supervisar la extracción del material con el que la Tierra ha solucionado sus problemas de energía y, de paso, de polución. El hombre lleva una vida aburrida que consiste en comprobar que todo va bien y, de cuando en cuando, enviar el producto a nuestro planeta. Su única compañía es un robot, Gertie, más bien un par de brazos y un armazón con emoticono (original detalle), nada de C3POs, al que en la versión original pone voz Kevin Spacey (!).

Sentadas las bases, el primer tramo del film apunta dos ideas: una, la de que estamos ante una one-guy movie, lo cual no deja de ser cierto pero da pie a un giro argumental inesperado y que no desvelaremos porque ahí está el meollo de Moon; y dos, que eso de que al protagonista le entre la vena paranoica y empiece a ver / oír cosas está un pelín manido y amenaza con arrastrar la cinta al fango de lo previsible… algo que, mediante ese giro ya citado, no llega a ocurrir. Resumiendo, Moon no es lo que parece y ahí reside la gracia.

Parte de la culpa, buena parte, la tiene Sam Rockwell, un tipo más conocido en el mundillo indie que en el mainstream, por más que de vez en cuando se enrole en producciones al más puro estilo Hollywood, como aquella vez en que encarnó a un preso loco en La Milla Verde. Rockwell, actor de carácter, es perfecto para soportar sobre sus hombros el peso de la función y, más aún, su fisonomía, con cierto aire entre despistado y chalado, viene al pelo para los propósitos de Duncan Jones. Su papel tiene aún mayor mérito por culpa de ese giro en la trama que, insisto, no vamos a destapar, pero vaya por delante que le obliga a un sobreesfuerzo del que sale muy bien parado.

Para Moon fueron la mayoría de los premios en el reciente Festival de Sitges, donde causó sensación. No es 2001 ni Alien, por supuesto, tampoco Blade Runner, pero como primera película, Duncan Jones puede sentirse más que satisfecho porque, más allá del resultado formal, que es encomiable, demuestra algo que escasea desde hace años en la Meca del Cine: ganas de arriesgar e innovar, de ser original, por más que el punto de partida tampoco sea nada del otro mundo. Moon se ve con agrado y no es coto exclusivo de fans de la ciencia-ficción. En sus imágenes se reconocen buen gusto y saber hacer. Dos pilares que hablan de una carrera, a poco que se lo curre, prometedora para el hijo de Bowie; perdón, Duncan Jones.


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