
Si es cierto, como decía el anuncio (tal vez no de forma literal), que la primera impresión es la que cuenta, la primera impresión al ver Roma es la de una serie de altísimo presupuesto y encomiable vocación de resultar lo más fiel posible a la realidad que describe, en este caso, el Imperio Romano entre los años 52 y 30 antes de Cristo, dividos en dos períodos, los correspondientes a las dos temporadas que se rodaron.
La fidelidad, lógicamente, es más sencilla con un buen presupuesto, pero se adivina una ardua labor de investigación. No en vano, llama la atención la profusión de ritos y ceremonias con que se salpica la trama, que podrán resultar accesorios, pero que enriquecen tremendamente el conjunto.
Lo del presupuesto no es ninguna tontería: para Roma se construyó el mayor set jamás concebido al aire libre para una producción de ficción. El resultado es brutal. El Foro impacta a pesar de que su tamaño es un 60 por ciento del original. Para la escena del triunfo de César se utilizó a 750 personas, entre actores y extras: palabras mayores si hablamos de una serie. Cifras que dan una medida del poderío económico que respaldaba esta ficción… y que ayudan a entender la tragedia que supuso que ardiera parte del set en los míticos estudios romanos de Cinecittá.
Yendo al meollo de la serie, ya se ha adelantado que el sustrato argumental es la riquísima historia de Roma a lo largo de algo más de dos décadas, con el asesinato de César como bisagra entre temporadas. Riquísima porque incluso en tan pequeña porción tienen cabida infinidad de batallas, asesinatos, intrigas y escarceos amorosos como para que el resultado sea un fresco poderosamente atractivo y atrayente. Pocas civilizaciones tienen tanto que contar como la romana, porque el suyo fue un ejemplo de triunfo… y derrota, de ascensión y caída, éxito y fracaso. Los excesos de los ricos y poderosos contrastaban viva/violentamente con las miserias de los pobres y débiles. Roma, como lo fue la Antigüedad, fue un crisol de contrastes. Fue el Imperio que, en su afán por dominarlo todo, dio entrada, en tan remota época, a la tan traída y llevada hoy en día globalización. Decenas de nacionalidades comenzaron a pulular por las calles del epicentro del Imperio, el corazón podrido de una manzana menos sana de lo que los bienpensados pudieran sospechar: prostitutas, legionarios licenciados, ladrones, asesinos, intrigantes, esclavos, libertos… esos eran los vecinos de la auténtica Roma; junto a ellos, las capas humildes de trabajadores; y por encima, la nobleza. Un cuadro que Roma pinta a la perfección.
El triunvirato creador y escritor (Heller, MacDonald y Millius, este último director de Conan el Bárbaro y ¡guionista de Apocalypse Now!) acierta al entregar las riendas de la trama a las grandes figuras, sí, a los Julio César, Marco Antonio, Cleopatra, Cicerón y compañía, pero sobre todo, a los legionarios Lucio Voreno y Tito Pullo, comedido e inteligente uno, visceral y algo torpe el otro, perfectos contrapuntos respectivos y pareja excepcional. Suyos son los ojos que asisten a buena parte de los dramas y comedias que engarzan el devenir de los acontecimientos, lo cual, es cierto, obliga a situarles en prácticamente todos los hechos reseñables, y si bien esto sería difícil de sostener desde un punto de vista histórico, su presencia está resuelta de forma cuando no ocurrente, sí imaginativa, de tal forma que nunca llega a chirriar.
Roma sólo gozó dos temporadas, y es una lástima, porque funciona tanto como vehículo de ficción como herramienta didáctica. Se saborea la inmersión que proporciona en tan fascinante época en la misma medida en que se gozan los tremendos sucesos en que se ven envueltos los protagonistas. No en vano, lo que estaba en juego era la existencia y supervivencia de una de las civilizaciones más convulsas de la Historia. Excelentes guiones y excelentes interpretaciones para una serie de obligada visión.

