Mucho antes de que Brad Pitt pidiera cabelleras nazis en la tarantoniana Inglourious Basterds, un grupo de soldados americanos (con un sospechoso acento italiano) ya había llevado el terror a las filas ratzis en una misión suicida llena de peligros.

Cinco para el infierno (5 per l´inferno, 1969), como tantas otras, no es mas que un film bélico que copia la fórmula creada por Robert Aldrich en Doce del patíbulo (Dirty Dozen, 1967), que a su vez bebía del western de John Sturges Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960). Desde entonces, son incontables los films basados en la reunión de una serie de tipejos (el número varía según el presupuesto) que se reunen para hacer frente a una misión imposible en la que no todos vivirán para contarlo. Sturges creo la gallina de los huevos de oro, ya que, bajo esa premisa, los productores podían unir a múltiples actores de primera fila en películas en las que ninguno sobresalía por encima del otro y cuyas historias, aderezadas con la violencia más cruel, eran entretenimiento puro y duro. Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson y James Coburn formaron parte de los 7 magníficos, enfrentados a un genial Eli Wallach, y Lee Marvin, Ernest Borgnine, Telly Savalas, Donald Sutherland, Jim Brown y (otra vez) Charles Bronson eran la mitad de los Dirty Dozen. En clave de western, la formula se repitió en numerosas películas en los dos lados del charco (James Coburn repitió en 1972 en la notable Una razón para vivir y una para morir, de Tonino Valerii, junto a Telly Savalas), y otro tanto le paso al género bélico.
En la película que nos ocupa, de producción italiana y estrenada dos años después que Dirty Dozen, es evidente que no sólo se alimenta de una fórmula en boga en aquella época, sino que además pretende arrastrar hacia sí el éxito del film de Aldrich sin ningún asomo de originalidad por su parte. La dirección de Gianfranco Parolini, escudado en el seudónimo de Frank Kramer, es tan funcional como molesta en algunos casos. El guión, firmado por él junto Renato Izzo sobre una historia de Sergio Garrone, es tan superficial como se espera de una película titulada Cinco para el infierno, y ni siquiera se preocupa en situar al espectador en un contexto histórico específico más allá de que se está produciendo la IIGM (algo que intuimos, ya que en la película las esvásticas se cuentan con los dedos de una mano). Un comando americano debe robar de una caja fuerte los papeles del Plan K, una operación nazi de gran envergadura. ¿Qué hace, pues, digna de ver a esta película?
En realidad, nada, si tienes una vida social digna de llamarse a sí. Y si no la tienes, tampoco, pues seguro que hay drogas menos nocivas para la salud. Pero si eres aficionado al cine de género europeo, lo cual lamentamos desde ya, reconocerás en su reparto grandes nombres del cine del viejo continente, como Gianni Garko, Klaus Kinski, Sal Borgese, Aldo Canti y Margaret Lee. Todos ellos sobresalieron en coproducciones europeas de serie B entre la década de los 60 y los 80, aprovechando las modas que se iban produciendo: peplum, spaghetti-western, giallo, erótico… No crean, es un gran reparto, sobre todo por sus protagonistas: Garko es uno de los actores más desconocidos y con mayor talento que dio el eurowestern; Kinski es un mito del cine alemán, famoso tanto por sus actuaciones y su hipnótica presencia en pantalla (Aguirre, la cólera de Dios o Nosferatu, por ejemplo) como por su truculenta vida y sus enfrentamientos con los directores. Garko es el oficial Glenn Hoffmann, encargado del grupo, y Kinski es el malvado coronel de las SS Hans Mueller, obsesionado con llevarse a la cama a Margaret Lee, una obsesión que le acerca al espectador, a pesar de ser nazi.

A este reparto hay que sumarle la aficióncon los gadgets del director. Parolini, había obtenido un tremendo éxito con el western Sábata (Ehi amico… c’è Sabata, hai chiuso!, 1969), protagonizado por un Lee Van Cleef que usaba los más extraños y mortiferos inventos para cargarse a sus enemigos. Su gran acogida propició la repetición de la jugada (y no sería la última vez). La afición por los gadgets, una moda que propició la saga Bond, la cumple con dos extravagantes artilugios: una bola de beisbol hueca para introducir en ella un proyectil, y con la cual Garko, a modo de pitcher, se carga a los nazis a base de balonazos; y una cama elástica que uno de los personajes usa para realizar toda serie de piruetas.
Desde luego, si algún mérito hay que darle a Parolini es el haber convertido la guerra en lo más parecido a una pista de circo.No se la pierdan.


[...] No se preocupen que no es para tanto. A pesar de la gravedad del asunto, Aquel maldito tren blindado no está destinada a encoger los corazones y mostrar la cara más amarga de la guerra. Todo lo contrario. Para Castellari, la guerra es un escenario perfecto para que sus personajes corran, golpeen, disparen y maten sin mayor pretensión que la de conseguir el sonrojo del espectador por estar pasándolo teta con tanta carnicería. Una fórmula mil veces trillada desde Doce en el patíbulo (Dirty Dozen, 1967), pero pasada por la freidora italiana, mucho más frívola y caricaturesca que la hollywoodense, como ya vimos con Cinco para el infierno (5 per l´inferno, 1969). [...]
Por: Aquel maldito tren blindado « Celuloides en su jugo el Noviembre 11, 2009
a las 3:24 pm