
La noticia es de la semana pasada pero bien vale la pena rescatarla. Ha habido quien lo ha llamado “un descanso” y no parece del todo acertado. Lo de Sean Penn y su año sin trabajar es obligado y no tiene otro fin que salvar su vida personal.
Notorios son los altibajos en su matrimonio con Robin Wright Penn. Hasta el punto de haber estado al borde de la separación. Robin debe de haberle dado un toque bastante serio como para que Sean cuelgue el uniforme de actor durante una temporadita. Y no es ninguna broma lo que esto implica. Penn tenía un par de proyectos en marcha: uno con los Farrelly, en el que compartiría cartel con Carrey y Del Toro, nada menos. Y hablando de carteles, Cartel era el título de la otra cinta, una de esas que apetecían ver, sobre la poderosa industria de la droga en Méjico. Parece ser que para esta se le busca ya sustituto. En cambio, los Farrelly estarían dispuestos a esperarle… sólo que entonces podrían quedarse también sin Jim y Benicio. Un lío importante.
Tremendo el giro que da la carrera de Penn. No hace mucho se alzaba con su segundo Oscar para sorpresa de todos, con Rourke como favorito. Su papel en Harvey Milk conseguía el favor de la Academia, y no sin merecimiento: Penn demostraba haber alcanzado ese estatus por el que un actor es capaz de soportar el peso de una película sobre sus hombros y, al tiempo, crear un personaje; en este caso, zambulléndose en alguien que existió realmente. Una pena. Es unánime, y lo comparto, que actualmente era uno de los tres mejores actores en activo, sino el mejor, un tío capaz de brillar a un altísimo nivel en cualquier producto y con cualquier registro.
Ahora lidia con un papel bastante más complicado, el de marido y padre de familia. Robin no se lo pondrá tan fácil como James Franco en Harvey Milk.

