Posteado por: Pablo | Junio 23, 2009

Ladrón de bicicletas

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Quién podía adivinar que aquel actor de comedias, aquel tipo gracioso al que daban la réplica las ragazze del momento, Gina Lollobrigida y Sofia Loren, acabaría colocándose detrás de la cámara y rodando algunas de las más conmovedoras cintas del neorrealismo italiano. Su nombre: Vittorio De Sica. Su cima: Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette).

1948. Roma. Antonio Ricci. Mujer (María) y dos hijos (Bruno y la pequeña). Sin empleo. Cuatro bocas, contando la suya, que alimentar. La oportunidad que surge, en forma de trabajo pegando carteles, como un rayo de luz en medio de su oscura (por mísera) existencia. El requisito: una bicicleta. El problema: Antonio la ha empeñado. Unas sábanas que también se cambian por dinero, el dinero que viaja a la ventanilla contigua y la bicicleta que vuelve a las manos de Antonio, un hombre feliz, que sueña con el sueldo llegado como un maná salvador, que apenas cabe en sus zapatos esperando a que María arregle la gorra (demasiado grande) y Bruno saque brillo a la bicicleta.

La bicicleta: el eje central, el hilo conductor, el leit motiv, el protagonista callado y ausente, el motivo de los quebraderos de cabeza de Antonio Ricci… A perro flaco todo son pulgas. Acaba de iniciar su nuevo desempeño Antonio y un pillo se escapa con su herramienta de trabajo; un compinche le guía por el camino erróneo. Desaparecida, se ha ido, la bicicleta ha volado. A partir de este punto, la angustiada carrera por recuperarla: el amigo que le echa una mano en el mercado, donde los mangantes, despiezadas las máquinas, las revenden sin pudor. Búsqueda infructuosa, siempre con Bruno al lado, finalmente los dos solos, padre e hijo, peleados y reconciliados, a menudo con el pequeño trotando detrás, tratando de igualar el paso. El desenlace, sin concesiones.

Estupendo fresco de la deprimida Italia de la época (finales de los 40), golpeada por la Segunda Guerra Mundial, Ladrón de bicicletas seduce calladamente con esa cámara que se limita a seguir a Antono y Bruno en sus patéticas peripecias, en su desesperado periplo por la Roma más sucia, pobre y hundida de las que ha plasmado el cine. De Sica pudo contar con Cary Grant y Henry Fonda para el papel protagonista; acabo optando por un desconocido, un actor no profesional, al igual que el resto del reparto. El resultado: la película rezuma veracidad por todos sus poros.

En una época en la que no existía Oscar a la mejor película extranjera, Ladrón de bicicletas recibe una estatuilla honorífica, al igual que dos años antes Sciuscià, precursora de esta. Ya con el nuevo sistema, el director y actor crecido en Nápoles se llevó dos Oscar y rozó otro (por Matrimonio a la italiana). Por encima de los premios, sin embargo, quedan el nombre y la leyenda. Críticos y directores la citan entre sus favoritas, entre aquellas que más los han marcado. La revista Sight and Sound la eligió en sexto lugar en 2002 en su relación de las mejores películas de todos los tiempos. Un triunfo merecido y quizás sorprendente cuando, apenas iniciada, sólo tenemos tiempo de observar, en blanco y negro, lo que parece un documental de la Italia post-Mussolini. Nada más lejos. La siguiente hora y media es una muestra de genio sin artificio, de verdad sin edulcorantes, de cine en estado puro.


Respuestas

  1. “Ladrón de bicicletas” es una de las películas más tristes y desgarradoras que he visto. La angustia de este hombre es tan real y contagiosa que no te puedes desprender de ella incluso después de haber terminado la película. No es exactamente una película de “llorar”. Más bien te deja un nudo en la garganta, en el estómago. Parece mentira que una película esté tan bien hecha que te haga olvidar que es simplemente una película, que es sólo ficción.
    Magnífica elección. Un saludo.

  2. Creo que has dado la clave, Alicia: te deja un nudo en la garganta.
    Un saludo.

  3. me gustaria saber donde la puedo conseguir la llevo buscando meses


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