Posteado por: Pablo | Septiembre 7, 2008

Teléfono rojo. Volamos hacia Moscú

La traducción literal de Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb sería, por si alguien necesita una pequeña ayuda, Dr. Strangelove o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba; el tal “doctor Strangelove” es uno de los personajes, sin duda el más genial y retorcido, de la descacharrante galería creada por Kubrick y compañía; la bomba, está claro, es la nuclear.

Retrocedamos en el tiempo. Estamos en 1964. A Stanley Kubrick, que viene de maravillar con Atraco perfecto, Senderos de gloria, Espartaco y Lolita, le preocupa que el mundo reviente de un momento a otro por culpa de la escalada de tensiones entre americanos y soviéticos a cuenta de la Guerra Fría. Hoy, echarle un vistazo a los montajes de Ahmadineyad y sus ayatolás nos mueve a una risa mitad irónica mitad recelosa, pero hace algo más de 40 años, que una sucesión de ataques nucleares redujera el planeta a una pelota achurrascada no era, para nada, una paranoia infundada.

Kubrick compra los derechos de una novela sobre el tema (unos y otros, en su locura, nos llevan al holocausto nuclear), pero a medida que trabaja en el guión, nota cómo el gusanillo de convertir el drama inicial en comedia cobra una fuerza tal que ya no hay marcha atrás. Llegado a este punto, no puede resistir otra tentación: la de contratar al genial, loco e irrepetible Peter Sellers, del que había quedado muy contento tras dirigirle en Lolita. En la adaptación de la novela de Nabokov, Sellers, así estaba en el texto original, adoptaba el rol de tres personajes, que no eran sino uno más dos disfraces. Ahora, en Teléfono rojo…, hará lo propio pero irá más allá: serán tres personajes completamente independientes, un oficial de la RAF, el presidente de USA y el maníaco, nazi, impedido Dr. Strangelove; de hecho, Sellers estaba fichado para encarnar a un cuarto rol, el del Mayor Kong, pero una lesión frustra el cuádruple papel.

Con estos mimbres, Kubrick teje una demoledora denuncia de la locura militar y la psicosis nuclear con un punto de partida que parece sencillo (un general de brigada, enajenado, ordena por su cuenta un ataque nuclear contra Rusia) pero evoluciona de forma brillante, mostrando cómo los desesperados intentos por evitar que ese acto de desobediencia acabe desembocando en un Plan de Aniquilación Total (que Moscú ha programado en caso de ser agredido el país) se van viendo frustrados uno a uno, de forma tan absurda como implacable.

El guión, sublime, se apoya asimismo en un elenco de personajes al que da vida un reparto en estado de gracia:

Sellers es hilarante como el remilgado -casi afeminado- capitán Mandrake; brutalmente irrisiorio como el Presidente, con sus charlas impagables -unas veces parece que habla con un amigo, otras, con su pareja- con el líder ruso; y definitivamente mortal, de risa, como el Dr. Strangelove, consejero chiflado, paradigma del científico ido, postrado en una silla de ruedas y aquejado de una extraña rigidez que, sin que él pueda controlarlo, se ve burlada por repentinos accesos espasmódicos que hacen que su brazo derecho se lance a ejecutar el saludo nazi (este es su pasado); su propuesta final, como solución al supuesto holocausto, es sencillamente brutal.

Sterling Hayden, ayudado por los contrapicados en primerísimo plano que le sirve Kubrick, llega a poner la piel de gallina con sus paranoicos argumentos para conducir al país al enfrentamiento abierto; George C. Scott, recordado por sus tipos bruscos y violentos, es aquí un militar nervioso, siempre mascando chicle, genial en sus réplicas al presidente y las conversaciones con su amante en plena War Room; y, por último, esos secundarios salidos de alguna chistera de mago olvidada en un rincón, como el coronel Bat Guano o el embajador ruso y sus mil cámaras disimuladas para fotografiar todo lo que puede.

Sólo un genio como Kubrick podía cambiar sus planes a mitad de ejecución y servirse de la sátira para demoler los preceptos de unos primeros 60 en los que la guerra nuclear se antojaba el final inevitable. Decir que ha sido una de las películas más influyentes de todos los tiempos es tan obvio que casi sonroja escribirlo. Pero es así. Teléfono rojo… sigue tan vigente en 2008 como entonces, y al igual que el día de su estreno, sigue siendo prácticamente imposible no reír y mantenerse en tensión casi al mismo tiempo.


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