Posteado por: Pablo | Julio 18, 2008

Terrorífica luna de miel

El nombre de Gene Wilder (a no ser que nos sorprenda en un futuro inmediato, con 75 años ya cumplidos) quedará para siempre asociado a un título mítico: El Jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), pequeña joya que escribió junto al director, Mel Brooks (ambos nominados al Oscar), en la que es sin duda la mejor parodia de las cintas clásicas de terror jamás parida. Cierto: ya en 1968 había rozado la estatuilla dorada con su papel de Leo Bloom en Los productores, también dirigida por Mel Brooks; pero es su “Dr. Frankenstein” su mejor creación, catapultada por una historia memorable con uno de los mejores finales del cine (casi a la altura del ”Nadie es perfecto” de Con faldas y a lo loco).

Sirva este preámbulo para situar Terrorífica luna de miel (Haunted Honeymoon, 1986), con Wilder al frente y detrás de la cámara, y poniendo dos manos a un guión “a cuatro”. La premisa es parecida: se revisa una historia de terror clásico, aquí orientada al sub-género de ”mansión encantada” y con leit motiv también importado: el del heredero al que todos quieren ver muertos. Wilder trata de enriquecer la trama convirtiendo al protagonista en actor radiofónico… de novelas de terror, al que un trauma infantil impide hacer satisfactoriamente su trabajo. Aparece aquí la figura de un tétrico pariente que impone una medida drástica: aprovechar el fin de semana que el protagonista pasará en la mansión familiar, donde se casará con su novia, compañera de trabajo, para llevar a cabo un montaje que dé tal susto al susodicho que se le quiten todos los miedos de golpe. Buscando rizar el enredo, al tiempo se producen asesinatos “reales” que se entreveran con los falsos golpes de terror.

El problema es que a este totum revolutum le faltan chispa, nervio y un hilo más fino para hilvanar personajes, tramas y situaciones. El punto de partida es bueno pero falla la ejecución. Hay hallazgos, como el sordo y borrachín mayordomo y su minúscula y chillona esposa (a la vez, ama de llaves), y se detecta un cierto buen gusto en la dirección de Wilder (que no estaba en su primera película, todo sea dicho), probablemente aprendido de su trabajo con Brooks y compañía, pero el conjunto adolece de un guión más pulido, más arriesgado y menos proclive al tópico.

Eso sí: funciona como parodia y se deja ver, rara vez aburre, aunque tampoco arranca carcajadas a cada minuto. (Recomendación: ver primero El jovencito Frankenstein; si ya se ha visto, volver a verla).


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