“¿Un tema que suscite un gran interés y, al mismo tiempo, de pie a una interpretación más o menos interesada? Mmm, el cambio climático. ¿Un enfoque tremendista y que pueda llevar a mi terreno? A ver qué veo por Internet… sí, plantas que desarrollan mecanismos de defensa a lo bestia, esta página puede estar bien… Creo que ya tengo el guión para mi próxima película…”
El anterior monólogo interior es figurado, pero algo así debió de pasarle por la cabeza al amigo M. Night Shyamalan antes de ponerse manos a la faena y parir esa… ejem, cosa que ha dado en llamar El incidente (The Happening, 2008). La carrera de este señor ha pegado tal bajón que asusta pensar que siga recabando el dinero suficiente para estrenar películas (que se empeña en dirigir, escribir y producir en plan hombre-orquesta). Desde el pelotazo de El sexto sentido en 1999, su “obra” no ha dejado de desinflarse. Cierto: El protegido, de 2000, fue una buena “siguiente película”, una atractiva reflexión sobre el bien y el mal, reversos de la misma moneda, en la que volvía a brillar Bruce Willis. Pero ya Señales (2002), por mucho Mel Gibson y mucho Joaquim Phoenix que aparecieran en pantalla, dejó bastante que desear, con una trama plomiza a la que asomaban unos diálogos preocupantemente flojos. El bosque (2004) ofrecía cosas, y en realidad, si se pegó la castaña, fue por venderla como un El sexto sentido ambientado en una comunidad de rollo amish; pero era una cinta digna. El pálpito definitivo vino de la mano de ese bodrio llamado La joven del agua (2006), en el que definitivamente el director indio ponía las cartas boca arriba y, sin cortarse un pelo, lanzaba al mundo algo así como “hago las pelis que me da la gana y cada vez me lo curro menos, pero me lo puedo permitir porque he reinventado el suspense y ahora soy el Hitchcock indio”.
Y llegamos a 2008 y a este incidente que es El incidente, un incidente no triste, sino lamentable, a olvidar, a borrar de la mente si tuviéramos el artilugio de Olvídate de mí. Van pasando los minutos, llegamos a la hora de película, el reloj nos recuerda que aún nos queda nuestra bonita media hora de agonía, y no vemos el momento de que se enciendan las luces del cine y podamos huir de la calle. Incluso, con un sabor de boca criminal, recuerdas el trailer previo donde te conminan a no piratear y se te ocurre la maldad de que tamaña bazofia no se merecería otro trato…
Porque al principio, todavía estás haciéndote a la película, cogiendo postura en la butaca, intentando descubrir quién es quién, esperando que Marky Wahlberg recuerde que una vez supo actuar (Infiltrados), preguntándote si la cara de pasmo de Zoey Deschanel es intencionada o es que la pobre es así de mala, poniéndote nervioso porque hasta un tío como John Leguizamo parece estar todo el tiempo buscando la salida de emergencia… Esto dura los primeros quince-veinte minutos, ese margen de seguridad o tiempo de gracia que le concedes a la película. A partir de ahí, te sumerges en un estado que oscila entre el estupor y el sopor, según te agreda un diálogo de parvulario o sobrevenga una fase de la trama particularmente insulsa.
Lo de los diálogos es tan de traca que emerge incluso en medio de la mediocridad general. Los hay para todos los gustos: infantiles, absurdos, sin sentido, anodinos… La sensación, en frío, es la de que M. N. S. se escribió el guión en un par de tardes especialmente desganadas, después de sendas siestas no muy satisfactorias, mientras se hacía un sudoku y discutía con la parienta. Porque si no, si realmente ha puesto toda la carne en el asador…
Hay que insistir en que los diálogos, flojos diálogos, son sólo la guinda del pastel. Tampoco la trama tiene mucho que salvar, por más que te consueles pensando que acierta al llevar la historia de lo global a lo particular, de los miles que palman en Central Park a la pareja con la cría, de lo grande a lo pequeño, estrechando cada vez más el círculo; pero eso es el “abc”, es demasiado poco para pedirle a un señor con unas cuantas películas a sus espaldas, y una muy, muy buena, porque al final se imponen los momentos ridículos a los poco más que dignos, como el viento agitando la hierba en plan “marea verde” que se echa encima de los protagonistas, o el columpio meciéndose solo, que echan abajo la secuencia de los tiros en la sien o de la muñeca en la cama. Los personajes van y vienen, y en el caso de algunos, canta que M. N. S. se los ha sacado de la manga para dar continuidad a la historia, como el del pavo del invernadero obsesionado con los hot-dogs que, ¡mira por dónde!, se marca en primicia la teoría de las plantas asesinas.
Volviendo sobre mis pasos, no ayuda tampoco demasiado ese reparto mediocre, en el mejor de los casos, al que, por supuesto, no allana el camino el tener que recitar diálogos cada vez peor redactados. Insisto: cuando todo es tan malo, ¿para qué echar la culpa a algo en concreto? Malo + malo + malo tiene que ser = malo por fuerza.
Pocas veces me ha ocurrido eso de reír en el cine ante la tesitura de echarme a llorar, reír porque lo que ves rebasa lo ridículo para adentrarse en un territorio nuevo, el de este señor que nos han vendido como el Hitchcock indio, que hizo una buena película, otras dos pasables, y se dedica ahora a vivir del cuento.


Creo que has sido demasiado blando con este señor…
Por: ane el Junio 22, 2008
a las 12:25 am