En 1993, Quentin Tarantino, un tipo de 30 años, absoluto obseso del cine de serie B, acababa de irrumpir en esto del celuloide con una película tremenda, brutal, maravillosa: Reservoir Dogs. Diálogos afilados como navajas de afeitar y violencia a raudales eran sus señas de identidad características, junto con una extraña manía por armar la historia como un puzzle… en el que las piezas acaban encajando, pero puestas del revés.
En ese año, en 1993, ve la luz otra película que no firma Tarantino, sino Tony Scott, hermano de Ridley, pero de cuyo libreto se encarga el (posteriormente) artífice de Pulp Fiction: Amor a quemarropa (True Romance). En realidad, de ese primer libreto al definitivo median unos cuantos cambios; el más importante, que Scott prefiere que la historia sea lineal, y no desordenada (trademark de Q. T.). Por citar otras curiosidades, ese guión formaba parte de otro más largo que, al dividirse, dio lugar no sólo a Amor a quemarropa, sino también a Asesinos natos; Tarantino, al parecer, cobra por escribir la primera película el mínimo estipulado: 50 mil dólares.
La historia que narra es la del perdedor reciclado en héroe por un golpe de fortuna: un empleado de video-club, fanático del cine oriental de serie B (claro alter ego del propio Tarantino), pico de oro, que acaba enamorando/enamorándose de una prostituta a la que decide liberar de una vez por todas de su chulo. Además de hacerse el héroe, desencadena los sangrientos acontecimientos que seguirán, porque quiere el azar que, en lugar de la ropa de su chica, la maleta que le entregan esté llena de coca. El siguiente paso es ir a Los Ángeles para tratar de colocarla vía un actor de medio pelo… y de aquí, al clímax final.
Los diálogos, sin ser puro Tarantino, destilan ya esa maestría que, cuando sabe contenerse, da lugar a momentos tan memorables como la apertura de Reservoir Dogs o la conversación entre los personajes de Samuel L. Jackson y John Travolta antes de hacer uno de sus trabajitos (la de las hamburguesas y los masajes, esa). Del resto, de la acción, se encarga Tony Scott con buen pulso, y sin caer en esas tonterías (cámaras lentas y otros efectitos) que tanto empañaron su carrera posterior.
Con el reparto hay que quitarse el sombrero: Christian Slater, entonces estrella emergente (pronto apagada), soporta con carisma el peso de la función, apoyado por Patricia Arquette, todavía en forma y sin poderes de médium; pero es en el elenco de secundarios donde uno no se cansa de citar nombres ilustres: Christopher Walken y Dennis Hopper (grandiosa la escena entre ambos, la de “los sicilianos descienden de negros”), Samuel L. Jackson y Gary Oldman (en poco más que cameos, pero qué cameos, sobre todo el de Oldman como chulo despiadado), Brad Pitt (muy breve y muy fumado), James Gandolfini (cómo bordarlo en una sola escena), Val Kilmer (testimonial e irreconocible como Elvis) y Tom Sizemore y Chris Penn, actores fetiche de Q. T., como unos polis bastante zafios.
El conjunto, sin llegar, ni de lejos, a la brillantez de los trabajos de Tarantino tras la cámara (antes de empezar a desbarrar con Kill Bill y terminar de cagarla con Death Proof), habla ya de un potencial sin límites que, esperemos, volvamos a disfrutar con Inglorious Bastards.

