Posteado por: Pablo | Abril 15, 2008

La noche es nuestra

Sin conocerlo, sólo a través de su trabajo, podría decirse de James Gray que es un tipo obsesivo. En trece años sólo ha rodado tres películas, y las tres conforman una especie de trilogía “no al uso”, porque en realidad vienen a ser la misma película rodada en tres ocasiones. Little Odessa (1994), la primera, dibujaba ya un escenario de policía y mafias, padres, hijos y hermanos, con la lealtad a la familia o al jefe como leit-motivs fundamentales. The yards (2000) volvía a hacer hincapié en el asunto de la familia, de nuevo con una historia turbia. Esta La noche es nuestra (We own the night, 2007) viene a ser una mezcolanza de las dos anteriores, con esos dos pilares, familia y legalidad/ilegalidad, como ejes básicos.

Lo primero que demuestra Gray es que el haber rodado (prácticamente) la misma película tres veces le ha servido para pulir defectos, lograr un mejor acabado y servir un producto al que, al menos en lo formal, se le pueden poner muy pocas pegas. En cuanto al contenido, el avance no raya a la misma altura. A Gray, a la hora de dibujar a sus personajes, se le va en más de una ocasión la mano con el pincel grueso, y el trazo que le sale oscila entre lo pueril y lo obvio. Los personajes centrales, el hermano descarriado (bien Joaquim Phoenix), el hermano fiel (demasiado contenido Mark Wahlberg) y el padre protector (desaprovechado Robert Duvall), acaban resultando excesivamente arquetípicos, casi encarnaciones de un patrón moral predefinido en la mente del director.

En cuanto a los pros, además del acabado, impecable, y del buen gusto, que es mucho, a la hora de dirigir, hay varias escenas de un mérito enorme, tremendas, como esa en la que el personaje de Phoenix, acompañado de su novia (insustancial Eva Mendes), es perseguido por los mafiosos, que han descubierto su escóndite, con el padre actuando de escudo. Escena trepidante, de las que pegan a la butaca.

El problema central de La noche es nuestra (lema, por cierto, de la policía de NY en los años 80, en los que se ambienta la película -acertada BSO muy disco) es que va de más a menos y llega desinflada al final, en el que el clímax se queda cojo y, por encima, admite un epílogo blandengue, edulcorado y estomagantemente americano.

Película buena que no llega a brillar.


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