Se las prometía felices El Orfanato. Desde el primer momento acumuló Goyas técnicos y artísticos, incluido el de mejor director novel para Juan Antonio Bayona y mejor guión original para Sergio G. Sánchez, pero ni Belén Rueda ganó el de mejor actriz ni la película fue considerada la mejor de 2007. Ese honor fue para La Soledad, de Jaime Rosales, que también consiguió el Goya al mejor director. Sólo son dos premios, pero los más importantes, frente a los siete de El Orfanato y los cuatro de Las 13 rosas.
Como suele ser habitual, la ceremonia sirvió para homenajes varios. El oficial, para Alfredo Landa, que no remató la faena ya que el Goya al mejor actor se lo llevó Alberto San Juan por Bajo las estrellas. Da igual, porque Landa es uno de esos actores que no necesita ni un Goya ni un Oscar para dar mil vueltas a cualquiera de sus colegas actuales. El no oficial, para Maribel Verdú, que consiguió el Goya a la mejor actriz por 7 mesas de billar francés después de cinco nominaciones. Se la vio bastante emocionada (también a su amigo José Coronado, que le entregó el premio), y no se olvidó de mandar una “pullita” a la Academia por su ostracismo durante estos años.
La gala de los Goya ha resultado ser, como el cine español en general, decepcionante. En realidad, más que una ceremonia de premios parecía un funeral, por mucho que la presidenta de la Academia, Ángeles González Sinde, intentara vender un mensaje de optimismo sin el más mínimo entusiasmo. Los aplausos arracaban con dificultad y las caras reflejaban la poca gracia que Corbacho, inesplicable presentador del evento, hacía tanto a los presentes como a los telespectadores con sus constantes referencias al mundo del corazón, sus trajes propios de un late night, sus montajes (el video-gag sobre Almodovar y Garci, bochornoso) y su empecinamiento en fastidiar la noche a Belén Rueda. Todo esto se notó en los discursos, bastante cortos e insípidos en general (grande Maribel Verdú).
Y hablando de bochornos, TVE1 emitió la gala a través de un falso directo que, desde luego, dice mucho de cómo se trata en este país al verdadero protagonista del cine: el espectador.
