Posteado por: Pablo | Diciembre 31, 2007

El apartamento

Hay películas en las que cuesta encontrar un momento decente, salvable; otras, por el contrario, en las que una escena memorable se queda para siempre grabada en nuestra memoria; con las obras maestras no ocurre ni lo uno ni lo otro: hay tantos detalles y tan buenos que cuesta elegir uno por encima del resto.

Es el caso de esa maravilla de Billy Wilder que lleva por nombre El apartamento (The apartment, 1960). Abundan los one-liners, como les llaman los americanos a las réplicas de una línea, cortas, punzantes, brillantes, pero es que los diálogos en apariencia más banales, de transición, son igualmente perlas, destilan una sabiduría narrativa que estaba al alcance de muy pocos; de dos, para ser exactos: el señor Wilder y su compañero de máquina de escribir, I. A. L. Diamond. Juntos parieron otras maravillas del calibre de Con faldas y a lo loco, con ese one-liner final, insuperable, de “Nadie es perfecto”.

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Pero es en El Apartamento donde estos genios se encumbraron, al construir una historia imperecedera, la del anti-héroe que lo sacrifica todo, empezando por su dignidad personal y terminando por la chica a la que adora, a cambio del ascenso profesional. Sólo cuando se da cuenta de que el trabajo no lo es todo, y que a un hombre/mujer lo marcan sus principios morales, es cuando da un giro en su vida y nos brinda ese sublime final (que no destriparemos). Hasta entonces, el apartamento de C. C. Baxter, tal vez el personaje más memorable de ese monstruo de la pantalla que fue Jack Lemmon (por más que su candidatura no se convirtiera en Oscar), es pasto de los jefes sin escrúpulos, que lo han convertido en su provechoso picadero. A Baxter le llueven las reprimendas de su casera, la sorpresa mezclada con rechazo de su vecino y las palmaditas de sus superiores; la llave de su casa, que circula de mano en mano, representa su degradación mucho más que el banco de Central Park en el que pasa una noche al raso… y a la lluvia.

Ni aún cuando ella, la señorita Kubelik, la chica, la ascensorista que no sabe deletrear, interpretada por Shirley MacLaine con tremenda precisión, siempre pulsando la tecla emocional adecuada, está a punto de irse al otro barrio por una jugarreta del pez más gordo de los que cazan en su pecera (un Fred McMurray impecable como el jefe insatisfecho con su mujer), ni siquiera entonces opta Baxter por tirar la toalla. Ella no deja de repetirle que sigue enamorada del otro y le suelta lindezas (sin saber su alcance) del tipo “ojalá me enamorara de alguien como tú”. ¿Y qué hace Baxter? Esconde las cuchillas, la entretiene jugando a las cartas y prepara unos spaghetti escurridos con una raqueta (en una escena particularmente memorable), feliz ante el mero hecho de compartir mesa con alquien en Navidad, para variar.

Y es que ese es otro de los múltiples sub-temas de la trama, tan sabiamente administrado, como los demás, que nos cala sin darnos cuenta: la soledad del habitante de la gran ciudad, rodeado de millones de personas pero, en último término, abocado a vivir sin compañía en un pequeño apartamento a base de comida pre-cocinada… La soledad, la injusticia de un sistema que exige humillarse para progresar, la dificultad para encontrar en la otra persona a alguien que nos comprenda y se sacrifique por nosotros, son algunos de esos sub-temas que tan sutilmente deslizan Wilder y Diamond. Muchas veces, sin necesidad de palabras, sólo con gestos, miradas, entendimientos silenciosos, detalles como un espejo roto o una botella de champán que, al abrirse, se confunde con el sonido de un disparo.

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Probablemente la grandeza de El apartamento estribe en que no le sobra ni un solo minuto; en que todas las escenas están perfectamente ensambladas y fluyen armónicamente; en que ninguna línea de diálogo está de más, porque todas significan algo, quizás no en el instante en que las dicen los personajes, pero seguramente en algún tramo de la acción; en que hay momentos para sentir lástima de Baxter o la señorita Kubelik, pero también muchos otros para esbozar una sonrisa o reír abiertamente con algunos gags insuperables, ya sean verbales (muchos se pierden en la traducción, como la manía de Baxter de hablar como uno de sus jefes) o visuales (Baxter usando el spray nasal para “regar” la flor de su solapa).

El apartamento es una película para ver más de una, dos y tres veces (tal vez cien, como asegura Carlos Boyero, el crítico de El País, sea una meta complicada), no por un afán de repetición, sino para exprimirla al máximo, porque lo más normal es que la primera vez que la veamos se nos escapen infinidad de detalles, detalles tal vez pequeños, insignifcantes, pero que puestos en conjunto nos hacen seguir mirando la pantalla, una vez que aparecen los títulos de crédito, y permanecer impactados por lo que acabamos de ver.


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