«Cuando me dicen que soy el padre del western italiano, tengo que preguntar ¿a cuántos hijos de puta cree que he dado nacimiento?». Con estas palabras expresó Sergio Leone lo que pensaba sobre el spaghetti western, un género que prácticamente nació con el éxito de su película Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964). Por suerte para el espectador, Leone no todo lo que parió fueron indeseables vástagos, muchos fueron orgullosos herederos de su padre e incluso algunos lograron independizarse y revindicarse con el tiempo.

Ese es el caso de El halcón y la presa (La resa dei conti, 1966). Fue la primera experiencia en el género de Sergio Sollima, un director bastante curtido en el cine de romanos y de espías y que, por tanto, dominaba a la perfección el ritmo trepidante que toda película destinada al entretenimiento puro y duro debe tener. Sollima además no se salió de los nuevos cánones narrativos que había establecido Leone, seguramente porque se rodeó de parte del equipo que trabajó en la famosa trilogía de los dólares. Desde la producción, Alberto Grimaldi, hasta los decorados, Carlo Simi, pasando por la música, Ennio Morricone, algunos actores, como Lee Van Cleef, y hasta el título de la película, sacado de un tema de la banda sonora de La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in piu, 1965), nos remiten a la obra de Leone.
La película es, por tanto, una delicia para todos aquellos que degusten los primeros planos, las pausas al son de la música, los duelos imposibles y las cabalgadas por Almería. Pero además, El halcón y la presa introduce un elemento original y, a partir de esta película, característico en el western de Sollima: el mensaje denuncia. Un mensaje que lo pondrá el guionista Franco Solinas, vinculado al partido comunista italiano y que nunca desaprovechaba la oportunidad de colar máximas marxistas en sus historias. Entre los dos, y el conocido Sergio Donati (también sacado de la factoría Leone), logran establecer un Oeste fronterizo en el que los mexicanos ocupan el último escalafón social, sin derecho a nada y abocados casi al robo para subsistir, y un México en donde las autoridades dejan a los estadounidenses hacer su ley si pagan lo suficiente o se cargan a los revolucionarios. Por tanto, no hay justicia para los pobres.
El poder, la ley y el progreso están representados por Jonathan Corbett, un respetable ciudadano estadounidense al que da vida un enorme Lee Van Cleef. Como en La muerte tenía un precio, Van Cleef se viste de un ex coronel fumador de pipa, reciclado en cazador de forajidos. La diferencia está en que Corbett no busca dinero, ni siquiera venganza, sólo que se haga justicia. Y es bueno, muy bueno usando un arma. «¿Cuerda o pistola?», les pregunta a tres fuera de la ley. No hay más opciones. Son las reglas del juego.
Corbett tiene ganada una reputación, y posibilidades de llegar al Senado gracias a la ayuda de Brokston (Walter Barnes), un empresario sin escrúpulos representante del capitalismo más desaforado. Pero antes, Corbett tiene que salir por última vez de cacería para atrapar a un mexicano acusado de violar a una niña de doce años. Se trata de “Cuchillo” Sánchez, interpretado por un inmenso Tomás Milian que da perfecta réplica al inquebrantable Van Cleef. Cuchillo es un mexicano harapiento, un muerto de hambre que sólo busca satisfacer sus necesidades inmediatas. «Uno que no se mete donde no le llaman, y menos con el estómago lleno», llega a decir. Para ello no duda en mentir, gesticular, patalear, arrastrarse y hacer cualquier tipo de treta para salirse con la suya. Es un «animal», como le dicen en varias ocasiones, en constante huída, y como tal se mueve un histriónico Milian. «A ti te debió parir tu madre corriendo», le increpa Corbett. También sabe defenderse, pero no con el revolver, sino con el arma que le da su apodo.
Con esta premisa, comienza una caza en donde la presa, Cuchillo, va escapando a duras penas de la implacable persecución de Corbett, al que le mueve un firme deseo de hacer cumplir la ley. Pero en los momentos en los que los dos personajes coinciden y dialogan, la línea que separa la justicia de la injusticia será cada vez más borrosa. Por un lado, los obstáculos que la sociedad impone a Cuchillo sólo por su condición social le empujan siempre hacia el delito. El mismo orden social que impone justicia es el que genera la desigualdad y el quebrantamiento de las normas. «Yo conozco una ley, esa que dice que el mundo está dividido en dos: los que huyen y los que persiguen», llega a afirmar. Por el otro, la terrible sospecha sobre el verdadero responsable de la violación, que sume a Corbett en un debate en que se replantea los valores que le impulsaban a castigar a los que incumplían la ley.
Toda la historia está salpicada, además, de gotas de humor que dejan en evidencia la hipocresía social. Como cuando Corbett anuncia aliviado a un mormón que ha salvado de Cuchillo a su hija adolescente, y se queda petrificado al oír que no es su hija, sino su cuarta esposa. O en las escenas en las que Corbett se encuentra con el corrupto capitán mexicano, interpretado por el carismático Fernando Sancho, con un particular sentido del deber.
La película debe mucho al excelente trabajo de sus dos principales protagonistas, que abordan dos personajes opuestos pero en gran medida condenados a entenderse. Lee Van Cleef consigue un gran magnetismo con la cámara en cada plano que aparece con una interpretación muy serena, mientras que Tomás Milian da rienda suelta a todas sus dotes artísticas para crear un personaje ambiguo y descarado que se hizo muy popular. Tanto, que mereció una irregular segunda película dos años más tarde, ¡Corre, Cuchillo, Corre! (¡Corri, uomo, corri!, 1968), que cerraría la particular trilogía de Sollima junto a la más ideológica Cara a Cara (Faccia a faccia, 1967). Sollima no volvería más al western.
La música de Ennio Morricone es otro protagonista más del film. El tema principal, Run, Man, Run, se repite durante todo la película con diferentes ritmos según lo exija la escena. Además, tanto al principio como al final viene acompañada de la gran voz de Audrey Nohra.
El halcón y la presa termina con los imprescindibles duelos adornados con toda la parafernalia spaghetti, como el plano de los ojos. un final que no defrauda tanto a los que sólo quieren pasar un buen rato como a los que han captado la preocupación social subyacente en la película. Un final emocionante e intenso. Un autentico climax. Seguro que a Leone le hubiera gustado.


Muy buena critica de la peli . La peli en si la considero genial ,de lo mejor que dio el genero .En cualquier top 10 del genero esta peli está
Por: the man without eyes el Noviembre 11, 2007
a las 1:57 am
Pues sí, de lo mejor que dio el spaghetti western no-leone. Y quizás se la valora, injustamente en mi opinión, por debajo de Cara a cara. Creo que Cleef y Milian son mejor pareja que Volonté y Milian. Hay radica una de las claves de esta película.
Por: Carlos el Noviembre 11, 2007
a las 2:11 am
hola quiero que me mande informacion sobre el halcon cara cara
Por: ALDANA el Octubre 7, 2008
a las 10:00 pm