Posteado por: Pablo | Octubre 30, 2007

A favor: Cassandra’s Dream

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En la mitología griega, el personaje de Casandra encarna la fatalidad de poder adivinar el futuro y no poder intervenir, según algunas versiones por falta de credibilidad. Para algún que otro crítico, el mito que sirve de base a la película podría aplicarse a la película misma: la fatalidad de prever que se estrellará en taquilla y no poder hacer nada por remediarlo.

El sueño de Casandra (Cassandra’s Dream, 2007) podrá funcionar mejor o peor en taquilla, pero no marca el ocaso de Woody Allen, como han apuntado los agoreros. Es un deporte ya recurrente que al director veterano, como lo es un Allen ya septuagenario, se le cuelgue el cartelito de “acabado”; se lamente que sus últimas películas ya no sean como las primeras; y se quiera ver en cualquier fotograma el indicio claro del declive. Si, como en el caso de Allen, has parido recientemente una obra maestra como Match Point, el discurso catastrofista se acentúa con aseveraciones del tipo “aquel fue su canto del cisne”.

Cierto: Cassandra’s Dream no es Match Point; pero tampoco es Scoop. Lo primero no es bueno, lo segundo sí. Pero sigue siendo una película de Woody Allen y esto garantiza una serie de cosas: un guión sólido, varias líneas de guión soberbias, actores acertados y, en conjunto, un resultado muy por encima de la media. Hagamos un ejercicio: supongamos que firma Cassandra’s Dream cualquier otro director. Inmediatamente hablaremos de un buen thriller, del buen hacer del cineasta, bla, bla, bla. Pero como es Woody Allen, esperamos siempre caviar del Caspio con Moet & Chandon. En fin, algo de esto podría decir el gran Hitchcock si no reposara en el mausoleo de los genios…

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Volviendo a la película, las líneas maestras siguen los derroteros que ha tomado el cine de Allen desde su desembarco en Europa, o mejor dicho, en Londres: un afán por hurgar en los recovecos más turbios de nuestras conciencias, sabiendo que es en los pliegues de la moral donde más roña se acumula, que en lo más sombrío de nuestro ser brotan los zarcillos más ponzoñosos de nuestras motivaciones. Es recurrente ya comparar esta preocupación de Allen (ya presente en la obra magna Delitos y faltas) con la literatura de Dostoievski, especialmente con Crimen y castigo. La comparación no es vana: como Raskolnikov, a los personajes de Allen les remuerde la conciencia, les tortura la dimensión de sus actos, que son criminales, y por tanto objeto de castigo; y peor si no son castigados por la mano del hombre, porque entonces se acude a instancias más altas y la angustia es mayor.

En Match Point la culpa roía las entrañas de un solo hombre, ese profesor de tenis advenedizo que luchaba con uñas, dientes y escopeta por aferrarse, como una garrapata egoísta, a su nuevo estatus social. En Cassandra’s Dream, las culpas se reparten entre los dos hermanos, en realidad dos caras de la misma moneda: la moneda de los humildes que sueñan con medrar, con subir en la pirámide alimentaria y llegar a la cúspide. Uno, el personaje de Colin Farrell, no va más allá de sus carreras de galgos y sus partidas de póker, pequeñas alegrías fugaces; las miras de su hermano, al que da vida Ewan McGregor, son más altas, lo suyo es cambiar el restaurante paterno por la cadena hotelera en California. El primero vive con su novia de clase media; el otro se trabaja a la actriz prometedora a base de pedir prestados los imponentes coches que arregla su hermano en el taller. A ambos se les ofrece la manzana de la envenenada ascensión social, de manos de su tío, presente solo de palabra durante la primera mitad de la película. Su irrupción marca un punto de inflexión sin vuelta atrás. Los hermanos toman esa manzana y, como Adán, han de cargar con las culpas, sólo que para uno de ellos el peso es excesivo y aplasta su conciencia.

Hasta aquí llega el trabajo de Allen y empieza el del reparto. Farrell y McGregor, dos actores que suelen pecar de falta de consistencia, que han prometido más de lo que han ofrecido, se revelan vehículos adecuados para sus personajes. Cierto que cada uno mantiene durante todo el film la misma cara (de perro apaleado y charlatán de feria, respectivamente), pero sin desentonar. La chica, la casi debutante Hayley Atwell, mantiene el tipo. Por encima de ellos, Tom Wilkinson, explotando esa vena de dureza a flor de piel ya expuesta en Batman Begins.

Cassandra’s Dream habla de la culpa. También de la fuerza de los lazos familiares (”la familia es la familia”, se repite, en una evocación de El Padrino). De las ambiciones y del precio que exigen. De como unos se conforman (el padre con su restaurante, el hermano Farrell con el taller) y otros miran más alto aunque hayan de pisar cuellos (el tío con sus clínicas y McGregor con su proyecto hostelero). Lo hace a partir de un guión que quizás no sea brillante, pero al que se pueden encontrar no demasiadas fisuras. Tal vez la trama tarda en explotar, y la espoleta solo llega mediado el metraje, pero Allen sabe de qué va la función y acierta a mover los hilos. Por supuesto, la película no está exenta de pegas. La más grave, tal vez, sea un final abrupto que coge por sorpresa, que pide algún tipo de prolongación, de explicación, que tal vez peque de buscar ese efecto circular y transmita la sensación de querer quitarse el asunto de en medio.

Allen, a su respetable edad, sigue teniendo cosas que contar, y cosas muy interesantes, de las que otros mucho más jóvenes deberían tomar nota. Harina de otro costal será ya, me temo, ese spanish project cuyo ridículo título no mencionaré.

Y una duda: ¿por qué, a medida que Allen se hace más mayor, los intérpretes de sus películas se vuelven más jóvenes y sus preocupaciones más frívolas?


Respuestas

  1. [...] por corderos, Adiós, pequeña, adiós, El asesinato de Jesse James, Cassandra’s Dream (que, sin ser mala, tampoco devolvió al mejor Woody Allen)… Pero cine a cuenta gotas, al fin y al cabo. Casi [...]


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