Este es el camino. Si, como parece, seguirá el aluvión de adaptaciones de comics a la gran pantalla, por favor, que sus responsables -productores, directores, etc- se tomen dos horitas, dos nada más, en ponerse esta Iron Man (Jon Fraveau, 2008 ) antes de meterse en harina. Quizás, con suerte, decidan que, ante la basura que iban a servir con el nombre de película, mejor recoger los bártulos y volverse a sus casas; o, sin ser tan drásticos, aprovechen lo que de bueno tiene Iron Man a la hora de tomarla como ejemplo.
¿Y qué es eso que tiene de bueno? Para empezar, ahí es nada, guión. De acuerdo: ni Shakespeare ni nada que se le parece ni falta que hace. Guión adaptado a las circunstancias, a una película de superhéroes, con sus grandes dosis de acción, peleas y secuencias espectaculares, pero guión al fin y al cabo. Eso, para que lo entiendan los más reaccionarios, que se intercala entre efecto especial y efecto especial. Esas líneas de diálogo entre los actores -todavía de carne y hueso-, que saben aportar humor en buenas cantidades, las suficientes para ser conscientes de que, con una película así entre manos, tampoco hay que tomarse demasiado en serio; y que saben no caer en el ridículo cuando la cosa, digámoslo así, se pone más seria. Guión para ensamblar una idea convincente, tomarse su tiempo en presentarnos a los personajes, desarrollarlos sin volverse locos, llegar al meollo de la historia con una trama más o menos fraguada y, desde ahí, lanzarse al desenlace.
Hay guión. Primera gran noticia. Hay muy buenos efectos especiales, cosa que se esperaba, pero es que son realmente buenos, y mejor veraces, y hasta te apabullan cuando a los trastos del héroe se refieren, y este se va probando las cada vez más logradas versiones de su traje. Debajo de ese traje, Tony Stark, o lo que es lo mismo, un buen Robert Downey Jr, que sabe aportar ese punto canalla al vendedor de armas reciclado en salvador de la humanidad. Secundado por un trío de actores conocidos con personajes, recordemos en qué género estamos, que no van más allá de la comparsa, algo que sólo cabe lamentar en el caso de Jeff Bridges como villano de la función; villano que no es mal villano hasta el clímax en que debe transmutar en auténtica némesis para las escenas más físicas; mientras el combate es dialéctico, el pulso es menos desigual que cuando se vuelve meramente pugilístico.
Iron Man funciona, entretiene, no cansa, no obliga a esbozar muecas de vergüenza ajena y sólo, por ponerle algún pero, obliga a enarcar un par de veces las cejas ante tal despliegue de tecnología futurista. Puesta al lado de birrias como Catwoman y The Punisher, es un coloso del séptimo arte; pero es que otras pretendidamente dignas como las secuelas de X-Men o Hulk palidecen a su lado. Sin ser Iron Man uno de los héroes más próximos al ideario más básico -no hablamos aquí de entendidos-, en ningún momento se echa en falta un mayor carisma, más peso específico. Ojalá el último Superman hubiera rayado a su altura.
Por eso, cuando una de esas lumbreras de Hollwyood esté a punto de estampar su firma para dar luz verde al enésimo proyecto de superhéroes a partir de un guión lamentable… que haga una pausa, visione Iron Man, y se replantee sus opciones.
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