Enzo G. Castellari siempre fue un poco copiota. Cuando Sergio Leone se consagró definitivamente con El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), él no dudo en copiar la fórmula para su primera película, Voy… lo mato y vuelvo (Vado… l’ammazzo e torno, 1967), en la que tres pistoleros persiguen un fabuloso tesoro. Cuando San Peckinpah recurrió a la slow motion para Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969), también se apuntó a la moda con su propio western crespuscular, Keoma (1976) [Nota: Keoma es una de las películas preferidas de mi socio Pablo. Hace cinco años se la presté en DVD y desde entonces no sé nada de él]. Y cuando Steven Spielberg aterrorizó a bañistas de medio mundo con Tiburón (Jaws, 1975), él se propuso hacerlo mejor con L’ultimo squalo (estrenada en 1981, fue demandada al instante por Universal al considerar que copiaba la saga de Spielberg. Los tribunales dieron la razón a la productora, que se quedó con los derechos del film y todavía hoy no puede exhibirse en los Estados Unidos. A pesar de ello, José Frade, su distribuidor en España, la estrenó con el título de Tiburón 3). Lo que nunca hubiera podido imaginar Castellari es que una película suya, Aquel maldito tren blindado (Quel maledetto treno blindato, 1978), iba a ser versionada, treinta años después, por otro gran copiota de la historia del cine: Quentin Tarantino.

¡Ojo! Cuando hablamos de copiotas nos referimos cariñosamente a esa inclinación, a veces patológica, que tienen algunos directores con “homenajear” en sus films. Y parece que esa era la intención de Tarantino con Malditos bastardos (Inglorious bastards, 2009), cuyo título es el mismo que el que se dio en Estados Unidos a la película de Castellari. El propio Tarantino ha reconocido que Aquel maldito tren blindado es su película de guerra favorita. Pero como Pablo ya dio un repaso al último film del director de Tennessee, centrémonos en la obra de la que surgió todo.

Aquel maldito tren blindado es la historia del peor grupo de militares americanos visto nunca. Ladrones, desertores, asesinos… todos presos por délitos de guerra en la Francia ocupada, es decir, en todo el meollo de la II Guerra Mundial. Cuando son conducidos a una prisión militar, un avión alemán tirotea el convoy que les escolta y ellos aprovechan para escapar. De pronto, se encuentran entre dos fuegos: delante, los alemanes, y detrás, sus propios compatriotas. Deciden emprender la marcha hasta Suiza, pero un desafortunado incidente les pondrá al frente de una misión suicida, quizás la única oportunidad que tienen para rehabilitarse.
No se preocupen que no es para tanto. A pesar de la gravedad del asunto, Aquel maldito tren blindado no está destinada a encoger los corazones y mostrar la cara más amarga de la guerra. Todo lo contrario. Para Castellari, la guerra es un escenario perfecto para que sus personajes corran, golpeen, disparen y maten sin mayor pretensión que la de conseguir el sonrojo del espectador por estar pasándolo teta con tanta carnicería. Una fórmula mil veces trillada desde Doce en el patíbulo (Dirty Dozen, 1967), pero pasada por la freidora italiana, mucho más frívola y caricaturesca que la hollywoodense, como ya vimos con Cinco para el infierno (5 per l´inferno, 1969).
Sin embargo, Aquel maldito tren blindado resiste a los años porque Castellari era, y es, un buen director, un mago con chistera que sabe que, cuando no hay fondo, hay que sacar a relucir la forma. Y para ello utiliza todos los trucos posibles: acrobacias, explosiones, maquetas, chicas desnudas y la ya citada slow motion. Su estilo visual, ausente cualquier carga dramática, sí es al menos efectista y acorde con el ritmo trepidante que impone en la película. Los efectos especiales son bastante decentes para el presupuesto, la época y las dificultades en las que se vio envuelto el rodaje (una ley prohibió usar armas de fogueo en las películas, por lo que tuvieron que recurrir a armas de madera y realizar planos en los que no se viera el disparo), al igual que los decorados y el vestuario. Por cierto, las múltiples maquetas creadas para esta película son excepcionales, obra de Emilio Ruiz del Río, diez veces nominado a los Goya (ganó tres) recientemente fallecido y responsable de efectos especiales en Espartaco, Patton, Conan el Barbaro, Acción Mutante o El laberinto del fauno, entre otras. Un lujo, vamos.

Fred Williamson interrogando a un nazi bajo la atenta mirada de Bo Svenson.
Mucha culpa del éxito de la película radica también en sus protagonistas. Como era típico en estas coproducciones, se llamó a actores americanos, para dar caché y luego vender más en Estados Unidos. Los elegidos fueron Bo Svenson (recuperado ahora por Tarantino en Kill Bill v.2 y la propia Inglorius Bastards) y el símbolo de la blackexplosion Fred “the hammer” Williamson. Su química en pantalla es nula, pero parecen realmente pasárselo en grande. Sobre todo Williamson, que protagoniza los momentos más divertidos del film (esa caída de culo en el techo del tren es memorable) junto al entonces famoso Dj Michael Pergolani, que con su melena y su bigotazo interpreta a un gracioso soldado ladrón y falsificador.

Para muchos, Aquel maldito tren blindado, al son de la magnífica banda sonora de Francesco de Masi, es ya un clásico de cine bélico. Otros consideraran esta película más propia de Celuloide Bizarro. Ni una cosa ni la otra: es un gran ejemplo de cine sin pretensiones del que puedes llegar a enamorarte cuando posee personalidad propia. Y sin duda esta película tiene personalidad para dar… y disparar.