Cuando uno se dispone a visualizar una película de la época muda, tiene que ser
consciente de que lo que está viendo responde a una época, un cine y un público totalmente diferente al de hoy en día. Hay que esforzarse por comprender un lenguaje cinematográfico diferente, generado por unas limitaciones técnicas evidentes (el sonido), una tradición más teatral en la composición de escena y en el trabajo de los actores y unos gustos orientados al público de hace casi cien años. Eso sin contar el deterioro casi generalizado de las copias y la manipulación de la velocidad de proyección, lo que suele ser común en estos casos. Demasiadas dificultades, dirán algunos. Pues a veces, dice este humilde crítico, vale la pena. Con El Maquinista de la General (The General, 1926), estamos ante una de esas veces.
Escrita y dirigida por Clyde Bruckman y la famosa estrella Buster Keaton, también protagonista del film, El Maquinista de la General fue un intento (acertado) de hacer buen cine, un objetivo que, por aquellos años, perseguían más cineastas y actores que hoy en día. Ambientada en los comienzos de la Guerra Civil americana, Kaeton interpreta a Johnnie Gray, un maquinista del ferrocarril enamorado hasta los huesos de la bella Annabelle Lee (Marion Mack). Lee le pide a Gray que se aliste para servir al ejército confederado, pero a este, después de unas divertidas peripecias en el centro de alistamiento, se le deniega entrar en la milicia. Despechado por Annabelle, Gray sigue trabajando para el ferrocarril hasta que se ve envuelto en el robo de la locomotora por parte de espías de la Unión (que de paso secuestran a Annabelle). Comienza entonces una loca persecución entre las líneas de los dos bandos de la que Gray saldrá victorioso doblemente: ganará la admiración del ejército y el amor de su chica.
Lo primero que sorprende de éste clásico es su montaje: agil, dinámico y con multitud de planos en diferentes perspectivas. La composición espacial de las escenas está estudiada al milímetro, no dejando nada a la improvisación del actor, como pudiera parecer en algunas películas de otro genio: Chaplin. La planificación en las secuencias en las que varias locomotoras se persiguen es especialmente buena, pasando de una a otra unas veces con planos travellings panorámicos , otras con planos frontales desde el ferrocarril de delante… en definitiva una variedad de recursos tan grande como perfectamente utilizados. Tampoco se abusa de los carteles (elemento propio del cine mudo donde se insertaban diálogos o explicaciones del contexto), ya que una vez presentados los personajes, la acción se hace dueña de la película entre persecuciones, batallas y divertidos gags. La sencillez de algunos de estos gags físicos (caídas, tropezones, etc) contrasta con la espectacularidad de los combates y la perfecta ambientación de la época, ya sea en escenografía como en vestuario. La batalla final, con dos verdaderos ejércitos disparándose el uno al otro, no tiene desperdicio. Por poner un ejemplo del enorme despliegue de medios, no hubo reparos en gastar más de un millón y medio de dólares para rodar una escena en la que una de las locomotoras cae al río junto al puente por donde pasaba.

Y llegados a este punto hay que hablar del gran protagonista, Buster Keaton, un cómico peculiar y con un estilo tan propio que fue apodado “cara de piedra”. No se equivoquen: para Keaton la inexpresividad era un arma para hacer reir a carcajadas, y no para presumir de cara como hacen los actores de hoy en día. Tenía una sutil delicadeza que lo hacía único hasta en las más aparatosas caídas. No rehusaba las escenas peligrosas (y en esta película tiene unas cuentas). Y si quizás como cómico no superaba a Chaplin, sí demostró hacerlo como cineasta. No por nada El maquinista de la General está considerada la mejor película de la época muda del cine (por ejemplo para el portal especializado The Silent Era). No conozco tanto esta época como para asegurarlo, pero a todas luces es una obra destinada a perdurar, tanto por lo que avanzó como por lo que todavía puede aportar al espectador de hoy en día que salte por encima de las dificultades citadas al principio: divrsión, entretenimiento y, quizás, una pizac de envidia sana… ¡Cómo se lo debían pasar nuestros abuelos con estas películas!











